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No hace mucho tiempo publiqué una nota titulada "Fomentando la ignorancia", en la que hablaba de los problemas para obtener quórum en el Senado. Decía entonces que la caída de las sesiones "puede convertirse en moneda corriente entonces, y debemos tratar de conocer el funcionamiento de las instituciones (subrayo que el quórum es un elemento fundamental del mecanismo institucional) antes de comprar opiniones interesadas al respecto."
La imagen que ilustra estas líneas muestra un artículo del diario La Nación en el que se informa sobre la reacción del kirchnerismo respecto del anuncio de Julio Cobos, quien realizaría un descuento sobre las dietas de los Senadores que no se presenten a la próxima sesión. En el cuadro que sobresale, se observa un apoyo a la medida del 92,1% de quienes votaron en la encuesta on line del periódico, sobre un total de 14.202 votos.
No es que me tome demasiado en serio las encuestas de La Nación porque de hecho no son serias. Cualquiera puede votar infinidad de veces (hay mucha gente que trabaja de eso y de participar en los foros) y aún si eso no fuera posible el perfil de los lectores del diario fundado por Mitre no representa demasiado al conjunto de la población. Pero más allá de eso, creo que hay una opinión mayoritaria favorable respecto de la medida del Vicepresidente, fogoneada por medios de comunicación (destacan por supuesto el Grupo Clarín y La Nación) que no paran de hablar de "paralisis legislativa".
Hay una serie de elementos a tener en cuenta. En primer lugar, el recinto no es, a pesar de lo mucha gente cree, el centro del trabajo parlamentario. Si bien es el más importante, ya que es el lugar en el que se toman las decisiones finales, apenas se trata de la frutilla del postre: casi nada se decide en las bancas, sino que la sesión es el producto de todo un trabajo previo que pasa por el análisis de un tema, el estudio de alternativas, su concreción en proyectos y el trabajo de las comisiones de asesoramiento que le dan forma al texto que se ha de aprobar. Si todo ese trabajo está bien hecho, lo que queda no es más que una puesta en escena: cada sector político bajará al recinto a defender su posición y a argumentar respecto de lo que votan los demás, y se impondrá la mayoría.
En segundo lugar, y producto de todo ese trabajo previo, al recinto llegan los temas que cuentan con acuerdo mayoritario. Ninguna minoría puede por sí sola imponer un tema en la agenda. El problema del Senado es que los números entre oficialismo y oposición son tan ajustados que ningún sector puede decidir los temas de la sesión, lo que dificulta enormemente que se llegue al quórum, pero eso no significa para nada que alguien trabaje menos de lo que debe. Es probable que ocurra lo contrario: cuanto más difícil es alcanzar consensos, más hay que trabajar en ellos.
Por último, el mundo no se termina si las Cámaras no logran sesionar. Su conformación no representa otra cosa que las diferencias políticas en la sociedad, y los estados de virtual empate no son necesariamente malos. No toda ley que se aprueba o reforma es mejor ni necesariamente peor. Lo que hay es una puja de intereses, en la que algunos sectores desean imponer una agenda que, mal que les pese (o nos pese, de acuerdo a que tema se trate), no tiene consenso mayoritario en el Congreso ni cuenta con el acuerdo del Poder Ejecutivo.
Decía Clarín el 22 de agosto de 1998: "Carlos Menem quiere cobrar caro el nuevo tropiezo en Diputados del proyecto de ley de reforma laboral. Tras haber advertido el jueves que impondrá la iniciativa del Gobierno por decreto, ayer llamó ñoquis profesionales y corruptos mensualizados a los diputados de la oposición que no dieron quórum para su tratamiento." El título de la nota, en un tema particularmente importante para intereses empresarios, fue ni más ni menos que "Los diputados de la Alianza son corruptos mensualizados" (y ojo que las comillas son mías, no del diario que pareció tomar como propias las palabras del ex Presidente).
Tengamos cuidado con los discursos que compramos.
La imagen que ilustra estas líneas muestra un artículo del diario La Nación en el que se informa sobre la reacción del kirchnerismo respecto del anuncio de Julio Cobos, quien realizaría un descuento sobre las dietas de los Senadores que no se presenten a la próxima sesión. En el cuadro que sobresale, se observa un apoyo a la medida del 92,1% de quienes votaron en la encuesta on line del periódico, sobre un total de 14.202 votos.
No es que me tome demasiado en serio las encuestas de La Nación porque de hecho no son serias. Cualquiera puede votar infinidad de veces (hay mucha gente que trabaja de eso y de participar en los foros) y aún si eso no fuera posible el perfil de los lectores del diario fundado por Mitre no representa demasiado al conjunto de la población. Pero más allá de eso, creo que hay una opinión mayoritaria favorable respecto de la medida del Vicepresidente, fogoneada por medios de comunicación (destacan por supuesto el Grupo Clarín y La Nación) que no paran de hablar de "paralisis legislativa".
Hay una serie de elementos a tener en cuenta. En primer lugar, el recinto no es, a pesar de lo mucha gente cree, el centro del trabajo parlamentario. Si bien es el más importante, ya que es el lugar en el que se toman las decisiones finales, apenas se trata de la frutilla del postre: casi nada se decide en las bancas, sino que la sesión es el producto de todo un trabajo previo que pasa por el análisis de un tema, el estudio de alternativas, su concreción en proyectos y el trabajo de las comisiones de asesoramiento que le dan forma al texto que se ha de aprobar. Si todo ese trabajo está bien hecho, lo que queda no es más que una puesta en escena: cada sector político bajará al recinto a defender su posición y a argumentar respecto de lo que votan los demás, y se impondrá la mayoría.
En segundo lugar, y producto de todo ese trabajo previo, al recinto llegan los temas que cuentan con acuerdo mayoritario. Ninguna minoría puede por sí sola imponer un tema en la agenda. El problema del Senado es que los números entre oficialismo y oposición son tan ajustados que ningún sector puede decidir los temas de la sesión, lo que dificulta enormemente que se llegue al quórum, pero eso no significa para nada que alguien trabaje menos de lo que debe. Es probable que ocurra lo contrario: cuanto más difícil es alcanzar consensos, más hay que trabajar en ellos.
Por último, el mundo no se termina si las Cámaras no logran sesionar. Su conformación no representa otra cosa que las diferencias políticas en la sociedad, y los estados de virtual empate no son necesariamente malos. No toda ley que se aprueba o reforma es mejor ni necesariamente peor. Lo que hay es una puja de intereses, en la que algunos sectores desean imponer una agenda que, mal que les pese (o nos pese, de acuerdo a que tema se trate), no tiene consenso mayoritario en el Congreso ni cuenta con el acuerdo del Poder Ejecutivo.
Decía Clarín el 22 de agosto de 1998: "Carlos Menem quiere cobrar caro el nuevo tropiezo en Diputados del proyecto de ley de reforma laboral. Tras haber advertido el jueves que impondrá la iniciativa del Gobierno por decreto, ayer llamó ñoquis profesionales y corruptos mensualizados a los diputados de la oposición que no dieron quórum para su tratamiento." El título de la nota, en un tema particularmente importante para intereses empresarios, fue ni más ni menos que "Los diputados de la Alianza son corruptos mensualizados" (y ojo que las comillas son mías, no del diario que pareció tomar como propias las palabras del ex Presidente).
Tengamos cuidado con los discursos que compramos.

