"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales" Bertolt Brecht

jueves, 25 de marzo de 2010

Espejitos de colores: Buenos Aires piscina.*

Un análisis de las recientes inundaciones que afectaron a las vecinos de la Ciudad. El Gobierno porteño y su clásica política de victimización. La complicidad mediática y la excusa de la herencia recibida.

Uno de los rasgos de nuestra pobre cultura política radica en la facilidad con la que todos caemos en repetir la frase "los políticos mienten", como si no tuviéramos responsabilidad en ello. Votar a candidatos que nos ofrecen soluciones espectaculares a nuestros problemas y paraísos terrenales a la vuelta de la esquina también debería obligarnos a hacer algún replanteo de las cosas, a fijarnos un poco si no tenemos alguna culpa cuando compramos alegremente espejitos de colores.
Uno de esos espejitos debutó con un furioso color amarillo allá por 2007, con cartelitos que decían “Estaría bueno no inundarnos cada vez que llueve. Porque así nos estamos ahogando en un vaso de agua."
Hace pocas semanas la Ciudad se inundó feo por lo menos dos veces (y hubo una tercera que estuvo bastante cerca) en menos de diez días. Asistimos al coro de excusas de un Gobierno de la Ciudad acéfalo por vacaciones (a Macri no le resultó necesario regresar de ellas por esta nimiedad) que incluyó supuestas ausencias de alertas meteorológicos, obras en curso, dudosas actitudes de aguas provenientes de otras jurisdicciones, vecinos muy PRO y a la vez terriblemente mugrientos, empresas privatizadas que se echan la culpa mutuamente con los reyes de la privatización y por supuesto el siempre buen recurso de la herencia recibida.
Sólo faltó San Pedro, pero no da para seguir sumando conflictos con la iglesia católica, por lo menos por ahora.
Si de espejitos de colores se trata, es nuestra culpa creer que una Ciudad situada al nivel del mar, recorrida bajo su superficie por varias cuencas y con un ambiente propicio para tormentas de verano no pueda inundarse nunca. Prometer eso es de chamuyero y creerlo es de ignorante. Pero tanta inundación, sin tanta agua como en otras ocasiones, con más obras hechas, debería llamarnos la atención.
Más allá de las excusas, algo ocurre.
Es necesario poner algunas cosas en contexto, y por ello debemos señalar que la administración de Mauricio Macri cuenta con un presupuesto más elevado que gobiernos anteriores no sólo en términos nominales sino también en términos reales. Los aumentos de ABL, que en promedio fueron de alrededor del 100% pero que en muchos de los barrios afectados por las inundaciones fueron muy superiores y alcanzaron hasta el 300%, explican en parte una mayor recaudación como también lo hacen otros aumentos menos publicitados y el fuerte crecimiento de la recaudación por ingresos brutos gracias a la combinación de inflación y crecimiento económico.
Todos estos incrementos hacen que el presupuesto de la Ciudad de Buenos Aires haya crecido muy por encima de la inflación, tomando estimaciones de cualquier consultora privada (ni hablar si le diéramos crédito a las cifras del INDEC, pero no sería muy correcto), pero desde el macrismo se ha hecho hincapié en la “falta de financiamiento”, en este caso con el Gobierno Nacional como principal destino discursivo de la culpa. No obstante, y más allá de la dificultad de colocar bonos, Macri se las ha arreglado para aumentar la deuda de la Ciudad en sólo dos años un 70%, pasando la misma de $ 2.600 millones a $ 4.600 millones. La política ha sido suplir la falta de acceso a mercados de deuda con el retraso de los pagos a proveedores (engrosando la llamada deuda flotante), y eso tiene algo de incidencia en lo que está pasando por estos días. Por lo menos es lo que explica la evolución del gasto en limpieza de sumideros desde que asumió Macri, y cómo impactó la política de aumento de la deuda flotante en ese aspecto de la gestión.
Basta ver la evolución del gasto en los últimos tres periodos:
2007: $ 66.109.756,47
2008: $ 68.898.359
2009: $ 60.725.485,71
Dos cuestiones surgen claramente de esas cifras. En el año 2009 se gastó menos que en los dos años anteriores, a pesar de que se trata de contratos con el sector privado sujetos a procesos de redeterminaciones de precios producto de la inflación, y en términos reales el gasto del 2008 también es sensiblemente inferior al del año precedente. Aún concediendo que pueda haber mejoras en los precios (algo que no se verifica -más bien lo contrario- a lo largo de toda la gestión de Mauricio Macri), resulta muy difícil creer que bajando el gasto se puedan limpiar mejor los sumideros y así impedir que cualquier nivel de lluvias provoque una inundación.
Por otra parte, la política de endeudamiento de la Ciudad a través de la deuda flotante tuvo en 2008 un especial impacto en muchas áreas sensibles de Gobierno, entre las que se encuentra el servicio de mantenimiento de los desagües pluviales. Mientras la deuda flotante del 2007 equivalía a unos dos meses de atraso en los pagos ($ 11.330.895,65 sobre los $ 66.109.756,47 que mencionamos más arriba), la del año 2008 alcanzó los seis meses ($ 33.741.968,79 sobre $ 68.898.359). Con la deuda flotante al cierre del ejercicio en diciembre pasado en $ 100 millones de pesos por encima de los niveles del año 2008, es muy probable que la situación permanezca por lo menos igual o incluso haya empeorado.
Otro aspecto de la política de Macri que tiene mucha relación con el problema de las inundaciones es el de dar prioridad al gasto en maquillaje de la Ciudad (veredas y plazas) por sobre la inversión en infraestructura social (escuelas y hospitales) y por supuesto ignorando cualquier obra subterránea que deba hacerse en Buenos Aires. Ha logrado gastar mucho más en veredas que en obras en escuelas y hospitales (a pesar de que el presupuesto establecía absolutamente lo contrario) y ha abandonado las obras del subte, a pesar de haber prometido 10 kilómetros por año.
Por eso produce sorpresa que diga abiertamente a la sociedad (con la complicidad de muchos medios de comunicación) que no entiende por qué los políticos no priorizan las obras bajo tierra. Porque de hecho, la única obra que está llevando a cabo su Gobierno de las que deben hacerse bajo tierra es la del Arroyo Maldonado, que por cierto cuenta con un crédito BIRF conseguido por la gestión de Aníbal Ibarra y aprobado por la Legislatura en ese entonces. Es decir que en este caso lo único que está haciendo es continuar una política de Estado con fondos que no puede destinar a otra cosa, pero no sólo por esto último lo hace.
Sin dejar de lado el hecho de que el resto del Plan Hidráulico del año 2005 (no tiene 20 años como se cansó de repetir Macri por todos los medios a su alcance) está casi abandonado y las obras están supeditadas a conseguir más deuda, el caso de la obra del Maldonado tiene otra particularidad: Macri demoró la adjudicación de la obra (proceso encarado por el Gobierno de Ibarra y continuado por su sucesor) hasta que la empresa que ganó la licitación se asoció con Iecsa, casualmente una empresa que pasó pocos meses antes de su propiedad a la de su primo Angelo Calcaterra, quien por cierto todavía no terminó de pagarla.
Es decir, al frente del consorcio que tiene a su cargo la obra de infraestructura más importante que está llevando a cabo la Ciudad en este momento (en parte debido a la paralización de las obras del Subte), está el primo del Jefe de Gobierno.
Como si esto fuera poco, se hicieron modificaciones a la obra por fuera de lo que permite la ley. Dichas modificaciones implican un costo adicional de las obras de entre $ 50 millones y $ 100 millones, que por supuesto no tienen nada que ver con la licitación de la que participaron otras empresas, y que terminaron provocando mayores demoras por la razonable intervención de la justicia ante el cúmulo de irregularidades.
En definitiva, resulta lógico que la Ciudad se inunde más que nunca. Sólo se ejecutan las obras bajo tierra para las que se pueda conseguir deuda, se paga con atraso o directamente no se paga la limpieza de los sumideros y se recurre, como siempre, a las excusas frente a ciudadanos que cada día tienen más claro que con Macri no está para nada bueno Buenos Aires.

* Publicada en la edición correspondiente al mes de marzo de 2010 del periódico "De Frente", del Frente Progresista y Popular. Para descargarlo, clic acá.

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